Educar las emociones también es una agenda de igualdad

Equidad de género

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día de la mujer

Cada Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, nos invita a mirar con más atención las desigualdades que aún atraviesan nuestras sociedades. La fecha no nació como una celebración, sino como una conmemoración de las luchas de miles de mujeres que, a comienzos del siglo XX, empezaron a organizarse para exigir derechos laborales, condiciones de trabajo dignas y participación política.

En 1910, durante una conferencia internacional de mujeres trabajadoras en Copenhague, la activista alemana Clara Zetkin propuso establecer un día internacional dedicado a estas reivindicaciones. Con el tiempo, el 8 de marzo se consolidó como símbolo de esas luchas y, décadas después, fue oficialmente reconocido por Naciones Unidas en 1975, durante el Año Internacional de la Mujer.

Más de un siglo después, el 8 de marzo sigue siendo una invitación a mirar el camino recorrido, pero también a preguntarnos qué desigualdades persisten.

Algunas de esas brechas son visibles: diferencias en ingresos, en participación política o en oportunidades laborales. Otras son más silenciosas. Empiezan mucho antes, en los espacios donde niñas y niños aprenden quiénes son y qué lugar creen tener en el mundo.

Empiezan, muchas veces, en los colegios.

Durante décadas hemos entendido la educación principalmente como transmisión de conocimiento: matemáticas, ciencias, historia, lenguaje. Ese conocimiento sigue siendo esencial. Pero hoy sabemos que la educación también moldea algo menos visible y quizás más determinante: la relación que una persona construye consigo misma.

Ahí aparece“una pregunta que todavía aparece poco en el debate educativo”

 una pregunta que rara vez nos hacemos de forma explícita:

¿Cómo se forma la autoestima de una niña dentro del sistema educativo?

La confianza también se aprende

La autoestima no aparece de manera espontánea. Se construye lentamente a partir de experiencias, interacciones y mensajes que niñas y niños reciben sobre lo que pueden hacer, decir o aspirar a ser.

La investigación educativa ha empezado a mostrar que estas percepciones se forman temprano. Un estudio publicado en la revista Science encontró que, hacia los seis años, muchas niñas empiezan a asociar la idea de “brillantez” más con los niños que con las niñas. El trabajo, liderado por el investigador Andrei Cimpian, sugiere que ciertos estereotipos sobre la inteligencia empiezan a interiorizarse desde edades muy tempranas.

Al mismo tiempo, evaluaciones internacionales como PISA, coordinadas por la OECD, muestran que, aunque las niñas suelen tener desempeños académicos iguales o superiores en varias áreas, reportan menores niveles de confianza en materias como matemáticas.

Estos hallazgos apuntan a una idea importante: la percepción de capacidad no siempre coincide con la capacidad real.

Y esa brecha entre capacidad y confianza puede tener efectos duraderos en las decisiones que las personas toman sobre sí mismas: qué estudian, en qué espacios participan o qué oportunidades creen que les pertenecen.

El papel del Aprendizaje Socioemocional

En los últimos años, el Aprendizaje Socioemocional (SEL) ha empezado a ocupar un lugar central en la conversación educativa global. Este enfoque reconoce que habilidades como la autoconciencia, la regulación emocional, la empatía y la toma responsable de decisiones son fundamentales para aprender, convivir y participar plenamente en la sociedad.

Pero el SEL también tiene otra dimensión importante: puede ser una herramienta poderosa para avanzar en la equidad de género.

Cuando una niña aprende a reconocer sus emociones, a expresar sus ideas con seguridad y a sostener su autoestima frente al error o la crítica, está desarrollando habilidades que le permitirán participar con mayor confianza en su entorno. Está aprendiendo a ocupar su voz.

El Aprendizaje Socioemocional no elimina por sí solo las desigualdades estructurales. Pero sí fortalece algo esencial: la capacidad de una persona para reconocerse como alguien que puede actuar, decidir y transformar su realidad.

Y esa capacidad -la agencia- es una de las bases más profundas de la igualdad.

Una educación que también transforma a los niños

Hablar de género en educación no implica pensar únicamente en las niñas. También significa preguntarnos qué habilidades emocionales están desarrollando los niños y qué modelos de masculinidad se están reforzando en los espacios educativos.

Durante generaciones, a muchos niños se les ha enseñado —de forma explícita o implícita— que ciertas emociones deben ocultarse. La vulnerabilidad, la tristeza o el miedo suelen interpretarse como signos de debilidad. La empatía o el cuidado, como rasgos secundarios.

El resultado es una paradoja: jóvenes con grandes capacidades cognitivas, pero con pocas herramientas para comprender y gestionar lo que sienten.

El Aprendizaje Socioemocional abre la posibilidad de transformar también esta experiencia. Permite que los niños desarrollen empatía, habilidades para resolver conflictos sin recurrir a la agresión y una relación más saludable con sus propias emociones.

En otras palabras, una educación socioemocional bien implementada beneficia a todos.

Contribuye a formar niñas con mayor confianza en su voz y niños con mayor capacidad de cuidado y comprensión emocional. Y en ese encuentro se construyen relaciones más sanas, comunidades más respetuosas y sociedades más justas.

Mujeres que han impulsado la educación socioemocional

El desarrollo del Aprendizaje Socioemocional también ha sido impulsado por mujeres que han ampliado la manera en que entendemos la educación.

La educadora Linda Lantieri ha sido una de las pioneras en integrar habilidades como la atención plena, la empatía y la regulación emocional en el trabajo con estudiantes y docentes.

La investigadora Kimberly Schonert-Reichl ha aportado evidencia científica clave sobre el impacto del Aprendizaje SocioemocionalSEL en el bienestar, la convivencia y el aprendizaje académico de los estudiantes.

Y la neurocientífica Mary Helen Immordino-Yang ha demostrado, a través de sus investigaciones, que las emociones no son un obstáculo para el aprendizaje, sino una parte esencial del proceso de comprender, reflexionar y construir conocimiento.

Su trabajo ha contribuido a cambiar una idea profundamente arraigada en la educación: que aprender es solo un proceso intelectual. Hoy sabemos que aprender también es un proceso emocional.

Ampliar lo que entendemos por educación

Quizás uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea es reconocer que enseñar contenidos ya no es suficiente.

El mundo que habitamos exige algo más complejo: personas capaces de colaborar, tomar decisiones éticas, manejar la incertidumbre y cuidar de sí mismas y de los demás.

Las habilidades socioemocionales no sustituyen el conocimiento académico. Lo complementan y lo potencian. Funcionan como una infraestructura invisible que sostiene el aprendizaje y la convivencia.

Por eso, cuando hablamos de Aprendizaje Socioemocional, no estamos hablando únicamente de bienestar individual. También estamos hablando de ciudadanía, de participación democrática y de igualdad.

Este 8 de marzo es una oportunidad para recordar que la equidad de género no se construye solo en las leyes o en las políticas públicas. También se construye en las experiencias educativas, en las conversaciones que ocurren dentro de los colegios y en las habilidades que ayudamos a desarrollar desde la infancia.

Porque educar las emociones también es, en el fondo, educar para una sociedad más justa

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