Antes de que se abra una sola urna, el país ya está votando por dentro.
Vota en las conversaciones familiares que empiezan tranquilas y terminan con alguien diciendo “mejor no hablemos de política”. Vota en los grupos de WhatsApp donde un audio alarmante viaja más rápido que una propuesta programática. Vota en la ansiedad de quien siente que el futuro se juega en un día, en la rabia de quien cree que nada ha cambiado, en la esperanza de quien todavía insiste en que sí es posible, y en el miedo de quien mira hacia atrás y no quiere repetir la historia.
Las elecciones presidenciales parecen un acto racional: consultar el puesto de votación, llevar la cédula, marcar un tarjetón, depositarlo en una urna. Pero cualquiera que haya vivido una campaña de cerca sabe que una elección es también un gran fenómeno emocional colectivo. No solo elegimos entre candidatos. Elegimos entre relatos de futuro, memorias del pasado y formas distintas de nombrar lo que nos duele como sociedad.
La ciencia política y la psicología llevan años mostrando que las emociones no son un “ruido” accidental de la democracia, sino una de sus fuerzas centrales. Ted Brader, por ejemplo, demostró que los anuncios políticos pueden modificar la forma en que las personas se involucran y toman decisiones simplemente usando imágenes, música y señales emocionales para despertar entusiasmo o miedo. Otro estudio reciente, con datos de más de 150 países y más de 2.000 millones de trinos, encontró una relación entre emociones negativas como miedo, rabia, tristeza o depresión y mayores apoyos a opciones populistas en elecciones generales.
La historia reciente está llena de ejemplos. La campaña de Barack Obama en 2008 convirtió la palabra “hope”, esperanza, en una identidad visual, política y emocional reconocible en todo el mundo; el famoso afiche de Shepard Fairey no fue solo una pieza gráfica, sino parte de una atmósfera colectiva de cambio. En 2016, tanto el Brexit como la elección de Donald Trump fueron analizados como episodios donde el miedo y la rabia ocuparon el centro de la movilización política. Y en Colombia, el proceso electoral de 2022 incluso motivó investigaciones sobre la identificación de emociones en Twitter durante la campaña presidencial, justamente porque las redes sociales se han vuelto uno de los lugares donde el país siente, reacciona y se polariza en tiempo real.
Hoy, 21 de junio de 2026, Colombia vuelve a encontrarse con ese espejo emocional en la segunda vuelta presidencial. Y esta vez, como tantas otras, no llegamos a las urnas vacíos: llegamos con temores sobre la seguridad, con cansancio frente a la política tradicional, con heridas de un conflicto que todavía marca la memoria colectiva y con preguntas profundas sobre el país que queremos habitar. Medios internacionales han señalado que la seguridad y el miedo a “volver al pasado” están en el centro de esta contienda.
Por eso la pregunta es: ¿qué hacemos con todo lo que sentimos cuando llega el momento de decidir?
Porque las emociones pueden abrirnos los ojos o cerrarnos el corazón. Pueden movilizarnos a participar, cuidar y construir, o pueden empujarnos a desconfiar, atacar y deshumanizar. Pueden recordarnos lo que amamos de un país, pero también pueden hacernos olvidar que, después de contar los votos, seguimos compartiendo el mismo país.
Y ahí empieza el verdadero reto democrático: no votar sin emoción, sino lograr que la emoción no impulse nuestra decisión.


